Este
post no pretende ser una declaración de intenciones. Ni siquiera una
flagelación pública o una verdad absoluta. Tampoco un alegato de condena contra
nadie ni nadie. Este post es sencillamente una mirada, cruel y descarnada de
nuestra experiencia como consultores políticos que han colaborado con varios
gobiernos internacionales, apoyado el diseño de campañas internas y de elección
ciudadana y creado cientos de estrategias para candidaturas a todos los
estamentos posibles dentro del panorama político y empresarial. Este post es
una opinión, sí, una opinión (y por tanto subjetiva) sin vendas ni mordazas
cuando acabamos de recibir la noticia de ser dos de los galardonados por el
llamado "Pulitzer" de la consultoría política y que recibiremos en
Washington el próximo 22 de febrero. Es ahora, que nuestra voz está más
legitimada que nunca, cuando podemos escribir sobre esta profesión. Sabemos de
lo que hablamos porque primero hablamos de lo que sabemos.
Seamos
claros, al igual que la abogacía, esta profesión nació para generar una
necesidad social endogámica que va sumando complejidades al proceso para que
solo los expertos puedan dedicarse a ello, excluyendo en todo caso la
posibilidad de la propia representación ciudadana, o en nuestro caso, política.
Resulta, que hubo un tiempo en el que alguien consideraba que no podía
defenderse de las acusaciones vertidas contra su persona por su falta de liderazgo o de carisma, o bien porque no
poseía las habilidades necesarias para ello. Y como tenía dinero, contrató a un
intermediario. No se trataba de ser justos o no, sino de que alguien buscaba el
favor del juez gracias a ese intermediario. De ahí la famosa sentencia
"Las leyes son interpretables". Pero no, las leyes no son interpretables.
Está la ley, hacer las cosas fuera de la ley... y contratar un buen abogado y
que te absuelvan por ello. Al final por lo tanto, no hay una justicia
universal, sino buenos o malos abogados. Como decía Eduardo Galeano, "la
justicia es como las serpientes. Sólo muerde a los descalzos" .
La
Política, como la Justicia, también nació para conseguir el bien común. Como a
nosotros nos gusta definirla, "es el sacrificio individual a favor del
bien colectivo". Quien se dedique a ella tiene que ser fiel a esa máxima.
Y sí, ya sabemos que cada vez que decimos esto hay personas que se llevan las
manos a la cabeza pensando en la corrupción, los privilegios o los altos
sueldos políticos. Es en ese momento cuando remarcamos la palabra
"Política, en mayúsculas". Corruptos, privilegiados y personas con
altos e injustos sueldos los hay en todas las profesiones. Y aunque es cierto
que si estos existen en Política se acaba con ese principio de Max Weber “estar
para servir y no para servirse”, no es menos cierto que no existe ningún buen
profesional de la consultoría política que apoye, legitime o justifique que
esas personas se mantengan en otro lugar que no sea en la cárcel o en la
inhabilitación. Consideramos, por tanto, que quien está por beneficios y no por
principios sobra en esta profesión, y quienes contribuyen a ocultar o vender
mejor la ignominia bajo la máscara de profesionales de la ayuda, también.
La
Política es en esencia, por lo tanto, la lucha de unos ideales de sociedad. Es
la apuesta por el beneficio común. Es la ejecución del progreso, de la mejora
continua. Es la proyección de unas personas como líderes de una sociedad que
necesita canalizar sus pretensiones y necesidades, organizando los recursos
jerárquicos, de poder y económicos de la manera más inteligente para el país,
la sociedad y el futuro... Y todo lo que no sea esto, independientemente de
nuestras ideologías, merece la indignación social.
Pero
como comenzábamos hablando de la necesidad endogámica de esta profesión, este
no es un artículo fácil, al menos no para nosotros como parte implicada. Ya que
si bien tratábamos del concepto de justicia y política a modo introductorio, es
hora de abordar el verdadero motivo de este artículo.
¿Por
qué es la consultoría política un mal necesario? Lo resumiremos de una forma
sencilla; Si una persona con pocas posibilidades o habilidades necesita la
posibilidad de enfrentarse a la justicia con equidad y ya que la política es el
arte del sacrificio personal por la conquista del bien común, ¿acaso no merece una
persona con ideología, soluciones y ética llegar al poder para ejecutar la
política, aunque su falta de habilidades comunicativas, estrategias electorales
o de negociación sean evidentes? Es ahí donde adquiere sentido la consultoría
política profesional. Como facilitadores de la ética, potenciadores de la
ideología y catalizadores del bien común, ya que con su trabajo, se facilita,
potencia y cataliza el éxito de las candidaturas políticas y la correcta
ejecución de las medidas tomadas. Ni más, ni menos. Nació para eso y debe
crecer con eso.
Evidentemente,
y como no podía ser de otro modo, en esta exquisita profesión también existen
quienes se corrompen, quienes usan sus privilegios o quienes viven sembrando un
nombre y enquistando la participación de terceros. Y es por ello que en nuestra
humilde opinión, no son buenos profesionales de la consultoría política
aquellas personas que:
1. Someten sus decisiones
al arbitrario juicio del servilismo. Ya que esas personas, también
denominadas "yesman" se convierten en sombras de sus asesorados y
juegan con la vanidad de estos al darles siempre la razón. La buena consultoría
cuestiona, evalúa, somete a la crítica constructiva e incluso se opone a las
creencias de su asesorado para generar con ello una idea mejor, global y válida
para toda la ciudadanía.
2. Se construyen su
vivienda a la sombra de un personaje. Ya
que finalmente no priorizará la ética y el equilibrio en sus decisiones sino el
mantenimiento de su puesto bajo el egoísmo de permanecer en el poder sin haber
pasado por las urnas o el de su asesorado, sin que ello genere un beneficio
real a la ciudadanía. La buena consultoría se expone, cambia de candidatos,
refresca sus planteamientos e ideario y está en constante movimiento.
3. Trabajan
de su pasado, no del presente. Ya
que viven de haber conseguido un rédito político en campañas electorales de
hace más de una década y con su apellido y posicionamiento basado en las
amistades impiden que nuevas técnicas o estrategias se establezcan como
procesos productivos para sus asesorados. La buena consultoría investiga, lee,
crece, bebe de otros profesionales, cede sus espacios en equipos colaborativos
y sobre todo, deja de pensar en el pasado para pensar en qué puede crear en el
futuro. Coopera y comparte, no exclusiviza su talento, sea este mayor o menor.
4. Recelan
de quienes no son las amistades de sus asesorados. Ya
que ocupan puestos de confianza gracias a la amistad y seguramente el compadreo
que ha permitido que gracias a sus artes, el ahora político con cargo, esté
eternamente agradecido. Este perfil es el más habitual en la consultoría
política. Su falta de escrúpulos, de conocimiento técnico, de estudios
relativos y de la experiencia en mercado, son la mayor fuente de errores a los
que nuestros políticos y por ende, la ciudadanía se ven sometidos. Recelan de
todo lo que sea externo y se rodean de equipos mediocres esperando en
definitiva, que en esas circunstancias puedan brillar. La buena consultoría
política se basa en la profesionalidad, en poner en valor el talento individual
al servicio de un EQUIPO, en hacer brillante a este mismo equipo, en conciencia
de creación, de bien común y por supuesto, de construcción de valor para ser el
mejor, no destrucción del resto para ser el menos malo.
5. Venden lo que no son y publicitan la sombra de lo quieren ser. Son apóstoles de la impostura,
notarios de la falsedad. Piensan que son más de lo que creen ser, y dominan
menos el contexto profesional de lo que parece. Hablan de humildad desde el
ego. Son reconocibles, son detectables. Les oirás pontificar a diario desde su
homilía de la vanidad.
Pero
no se desanime estimado lector, que este artículo no tendría
sentido si no buscase una catarsis de tan digna profesión de la cual nos
sentimos tremendamente orgullosos de pertenecer. No ahora que nos dan un Victory Award en Washington. No cuando
el reconocimiento internacional nos hace dar ponencias sobre este sector en
diferentes países. Ni siquiera cuando dos presidentes del gobierno nos han
dicho "buen trabajo" mirándonos a los ojos. No. Nos sentimos
orgullosos de pertenecer a esta profesión porque si creemos en algo de todo
esto que llamamos política, es en que con nuestra labor profesional ayudamos a
que los mejores lleguen a gobernarnos de manera más preparada y puedan
transmitir y ejecutar mejor las políticas que generarán ese bien común. Esa
evolución de la sociedad. Esa mejora continua. Creemos en ella porque creamos
felicidad a través de las palabras y crecemos con quienes nos rodean y hacen
mejores cada día. Creer para crear y crecer. Es nuestra filosofía, abierta a
todo el mundo que desee sumarse a ella.
Es
por eso y gracias a ese pensamiento lateral y proactivo que creemos necesario
para desempeñar nuestra labor y desde la mayor humildad de quienes aún tienen
mucho que aprender en este sector, aportamos un decálogo a modo de código
deontológico, que independientemente de ideologías, lugares geográficos o
momentos temporales, sirva a cualquier consultor para reflejarse como si fuese
en el espejo de la verdad y juzgar su labor.
1. Prepárate: Lee el doble de lo que escribas.
2. Rodéate: de los mejores, aunque estén a kilómetros de
distancia.
3. Fideliza: a tus compañeros.
Sé fiel a ellos y a tus ideas.
4. Reconoce: los éxitos con humildad y
compártelo con todos. Pero asume los fracasos como si fueras su único padre.
5. Escóndete: La
estrella no eres tú, sino tu candidato, tu político, tu cliente, tu amigo. Tú
sólo le ayudas a hacer mejor su trabajo.
6. Calla: No
eres un periodista, que revela información o filtra noticias. El síndrome de
“garganta profunda” es incompatible con la profesión de consultor.
7. Cuida: a
la opinión publicada (la prensa) sin olvidar a la opinión pública (los
ciudadanos). Tu trabajo tiene que enfocarse en satisfacer a los segundos, no en
contentar a los primeros.
8. Esfuérzate: por
entregar lo mejor en cada momento, aunque no sea lo que la otra persona espera
escuchar y merece verdaderamente tu puesto, tu salario, tu reconocimiento...
9. Olvida: la
política es una lucha de pasiones. No guardes rencor o el odio te acabará
cegando. Olvida tras la batalla tanto la victoria como la derrota. O al menos,
relativízalas.
10. Cambia:
De persona a la que asesoras, de estrategias, de lo que
dices y de cómo lo
dices.
No te enquistes y no envejezcas mentalmente buscando la autoconservación.
Un
sencillo decálogo. Nuestro decálogo. ¿Vuestro decálogo? Una base que cada
persona que tiene la enorme responsabilidad de asesorar a los dirigentes
políticos debería asumir como propia. Un lienzo blanco sobre el que pintar las
diferencias que mantienen viva esta profesión y a la consultoría política. Un
folio puro, sano, equilibrado y profesional. No importa con qué colores lo
cubras, ya que la base siempre será blanca.
Somos
consultores políticos y estamos orgullosos de hablar sobre nuestra profesión.
De manera clara y sin mordazas. De forma directa y con ilusión. Sabiendo de lo
que hablamos porque hablamos de lo que sabemos. Sólo así conseguiremos alcanzar
el éxito en la mayor campaña que existe: la de alcanzar nuestro respeto
interior. La de conseguir la credibilidad de quienes nos rodean. No hemos
venido aquí a combatir, sino a debatir, no a luchar, sino a cultivar. Esta es
una semilla que quiere regar una profesión maravillosa, la Política, para que
no se marchiten los principios que siempre la han fundamentado.
Fran Carrillo (Director
de La Fábrica de Discursos)
Rubén Turienzo (Director
de Influencia Social)